Goles para la educación, paradas para la violencia

22/01/2017 at 12:49 Deja un comentario


Decía un afamado entrenador llamado William Shankly que el fútbol no es un juego a vida o muerte, sino algo mucho más importante que eso. El técnico escocés consideraba apta cualquier iniciativa psicológica de inspiración bélica hasta el punto de decidir cambiar al rojo completo la indumentaria histórica del Liverpool para infundir temor a sus adversarios, o definir como “mariconada” que un pupilo suyo lesionado luciera una venda en la rodilla, que a su parecer no era un bien propio sino “propiedad del club”. Y es que el deporte rey se convierte en una prolongación de una sociedad cuyos resquebrajados pilares están siendo apuntalados por valores de mal entendida competitividad y una insolidaridad galopante que desemboca en las preocupantes situaciones de violencia que nos azuzan en este siglo XXI.

Recientemente presenciaba un partido de fútbol alevín, por denominarlo de alguna manera, en el que un equipo endosó al otro la friolera cifra de 17 goles en 60 minutos de juego. El goteo constante de tantos a su favor no parecía afectarle lo más mínimo al entrenador del conjunto victorioso, quien seguía reservando a algunos suplentes, los malos, hasta los últimos instantes porque era necesario ganar por el máximo número de goles por posibles desempates en la clasificación al final de la Liga. Mientras tanto, algunos padres de chavales del mismo equipo arengaban desde la banda a los suyos a seguir presionando al humillado contrincante para alegrarse el sábado después de una semana estresante, suponemos. Igual daba que el portero rival decidiera, minutos antes del final del partido, quitarse los guantes y, fruto de la impotencia, salirse del terreno de juego a iniciativa propia entre un mar de lágrimas.

puebla

Crédito: Puebla

El fútbol como arma arrojadiza

Este entrenador podría haber alineado a los suplentes que apenas tocan bola semana tras semana, dado que por malos que fueran, darían mil vueltas a sus oponentes y la victoria no correría peligro. Este entrenador podría haber aprovechado el escandaloso marcador para tomarse el partido como un entrenamiento a la hora de probar tácticas novedosas sin mayores ambiciones por engordar aún más su renta. Incluso, aunque ya sería mucho pedir, podría haber decidido que uno de sus titulares abandonara el terreno de juego para igualarse contra un equipo en inferioridad numérica tras la huida del portero, y que no contaba con reservas en el banquillo. Los padres, por su parte, podrían haber evitado según qué gestos en una situación límite. En circunstancias parecidas pero con jóvenes futbolistas más talludos, no hubiese sido raro que alguno acabase golpeado e incluso lesionado. Esta vez, por ser niños de diez años sin maldad, sólo desembocó en la imagen patética de un pequeño consolado por su madre que difícilmente podrá recuperar el amor por el fútbol.

la competitividad es un valor útil como fórmula para el desarrollo interior de la persona y como métricas relativas para conseguir unos objetivos en la vida que nos aporten el máximo de felicidad. Pero no puede ser una contienda a cualquier precio y con el cuchillo entre los dientes, porque de nada sirve que alcancemos nuestros objetivos cuando por el camino hemos dejado una ristra de cadáveres. La violencia no es sólo una expresión física, sino que, sobre todo, es una manifestación a escala psicológica y muchas veces invisible. Y una ultracompetitividad, definida como una suerte de abuso sobre sujetos individuales o colectivos, puede derivar en una situación de violencia real de consecuencias brutales, en cuanto genera agravios y desigualdades difíciles de asimilar en condiciones extremas. Un partido de fútbol ganado en buena lid por la mínima ante un rival parejo siempre genera un mejor sabor de boca que un triunfo por 17-0 ante jugadores en los que brotará a buen seguro impotencia y en algunos casos una reacción defensiva de efectos pocos calculados.

Convendría preguntarnos si estamos proponiendo a nuestros jóvenes el entorno más adecuado para su maduración como personas. Da la impresión de que queremos proyectar sobre nuestros hijos todos aquellos conocimientos que no tuvimos a nuestra disposición pero no para su formación intelectual, tampoco para ampliar su mirada global al mundo que nos rodea y comprenderlo mejor. Apenas chapurrean el castellano materno y ya les llevamos a clases extraescolares de inglés, porque cuando sean mayores será fundamental el bilingüismo para obtener un buen empleo. Les forzamos en connivencia con un fallido sistema educativo a eternas tardes de estudio bajo la doctrina del esfuerzo y la superación, memorizando conceptos, incidiendo en el qué se piensa y no en el cómo se piensa. Les arrebatamos la ilusión por estudiar la carrera de sus sueños por tener pocas salidas y les metemos con calzador en otra con un futuro supuestamente esplendoroso que no será tal porque ese estudiante abandonará la universidad antes de tiempo.

La educación es el don más importante de una sociedad y por desgracia hace aguas. Y no hablamos únicamente de cómo los hijos soportan estoicamente un sistema cuyos planes cambian a cada Gobierno que pasa para vanagloria de los equipos de asesores. Reduciéndose las becas, aumentando las tasas e introduciendo Masters obligatorios a precios de oro no al alcance de todo el mundo. También está esa realidad que obliga a los padres a trabajar hasta altas horas para vivir dignamente mientras sus retoños son criados por los pobres abuelos que en su jubilación se merecen un mayor descanso, siendo la conciliación auténtico papel mojado. La tecnología, tan positiva para tantas áreas de la vida, acrecienta la burbuja en la que muchos niños viven en las ciudades sin apenas contacto con sus semejantes. El peligro de una insensibilidad a la injusticia y la inercia al clasismo votando por aquel partido que, por podrido que nos parezca, mejor resuelva nuestros intereses individuales y los de nuestros hijos aunque sea a costa de los demás. Y si dentro de cuatro años cambian nuestra situación personal, ya votaremos a los otros…

 

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