Gracias, mamá. Homenaje a una madre coraje.


¡Cuánto vas a echar de menos el cocido de tu madre!”. Con esta frase me atornillaste cada domingo durante incontables años, doña Clementina. A mesa puesta, un servidor acompañaba la presentación de esos garbanzos guisados a fuego lento durante cuatro horas con frases socarronas del estilo de “nooooo, otra vez cocido, no” o “por Dios, deja de echarme repollo en el plato que voy a coger complejo de vaca”. Tu respuesta era una tradición, como también lo era agarrarme del cogote y meterme a la fuerza la última cucharada de judías verdes cuando ya era un bebé de 18 años. Ahora midiendo esos mismos 180 centímetros, me encanta el repollo. Y las judías verdes. Y, por supuesto, el cocido.

abrazo

Este infausto 26 de agosto, día de Santa Teresa de Jesús, me abandonaste por ese Dios al que rendías pleitesía cada sábado por la tarde y que te aportó la tranquilidad y esperanza para dominar durante ocho años al terrible cáncer. Sigo sin creer en Cristo y mucho menos en la Iglesia católica, pero en verdad no encuentro en la ciencia el argumento que justifique tal caudal de fuerza para poder con todo. Un mes antes de mi boda te extirparon a vida o muerte un pulmón, a pesar de no haber fumado un cigarro en tu vida. Pero, tal y como prometiste, diste un fulgor especial al mejor día de mi vida. Ese vestido azul azabache y tu infinita sonrisa ocultó tu extrema debilidad en aquellos momentos y se convirtieron en grandes protagonistas de una fiesta inolvidable. Por todo, pero especialmente por ti.

Después conocerías a tus dos nietos y brindaríamos por la primera niña de la familia. Te sacaste la espinita una vez que yo, tu última baza para tener un heredero vestido de rosa, no pude llamarme Gema sino Francisco José, en honor al emperador de Austria de esa ñoña película llamada Sissi Emperatriz que te sabías de memoria. Durante esta prórroga de ocho años los críos han idolatrado a su abuelita. Han crecido fuertes con esas meriendas a base de lentejas a la salida de la guardería, han sido felices escuchando cada día el cuento de Caperucita y el Lobo mientras sesteaban, viendo juntos en televisión el remake de Heidi a pesar de que consideraras que los dibujos animados actuales son una “mierda”. Nunca olvidarán -olvidaremos- esas vacaciones de agosto en el pueblo, los paseos por el campo y los baños en tu río Alberche, aquel al que durante tu infancia acudías andando 3 kms para lavar la ropa.

Este año no pudimos ir al pueblo. Y mira que lo intentaste, aun conocedora de que tu aire se agotaba desde aquel día que ese oncólogo al que veías cada jueves, como si fuera uno más de la familia, se fundió en un abrazo contigo. Hasta en ese momento sonreíste y solventaste la situación con un “en algún momento tenía que llegar, ¿no?”. Siempre tan generosa, querías hacer el último regalo a tus nietos con tu presencia. Querías volver a casa aunque fueran unos pocos días para cuidar de tu marido y de todos. Volver a poner orden como siempre has hecho, limpiando sobre limpio. Mientras la enfermedad te vencía en aquella habitación 511 que siempre maldeciré, mantuviste siempre la buena cara y disfrutaste de los pequeños detalles que han compuesto tu vida. Los melocotones ricos que te llevábamos de la frutería, airearte en el patio del hospital, las bromas de los enfermeros. Tus nietos. “No los hay más bonitos en el mundo”, repetías. Recordándome que tengo en tu casa unas alfombras tejidas por ti para mi nuevo hogar.

Lloro mucho por ti, lloro mucho por tu marido, mi padre. Un buen hombre pero hierático y frío como una piedra al que acabo de ver derramar lágrimas por primera vez. Lloro por mis hermanos, tan indefensos sin ti como yo mismo. Lloro por por tus hermanas, tus amigos, tus vecinos. Por toda aquella legión de gente que te adoraba por tu bondad y la alegría contagiosa que destilabas a pesar de los varapalos que iban salpicando tu existencia. Superaste junto a tu familia una cruel posguerra recogiendo aceitunas de sol a sol por dos pesetas y llevando cubos de agua desde un apartado pozo a los ricos del pueblo a cambio de un pedazo de pan con tocino. Y tan agradecida que estabas. Fuiste capaz de cuidar de tres niños y dos abuelos en la típica casa de 45 metros cuadrados de un barrio obrero. Sin elevar la voz.

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Los recuerdos truenan en mi cerebro. Esos domingos paseando contigo y con papá por la montaña de la bruja con transistor en mano escuchando los partidos. Esos días especiales en los que íbamos al bar Los Pepes a tomar una ración de caracoles y te tomabas tu ‘caña’ del mes. Cuando descubrí el cine viendo dos veces seguidas ‘ET. El Extraterrestre’ y nos comimos aquellas hamburguesas rancias del McDonald’s que aún me saben a gloria. Cuando cada verano hacíamos la excursión de ir al Aquopolis en transporte público con mi amigo Roberto para disfrutar de los toboganes. Tú tan feliz sólo con vernos. Cuando convenciste a aquellos niños desconocidos que pasaban por la puerta de casa para enseñarme a montar en bicicleta. Era una sociedad diferente, con menos recursos materiales y aún menos pretensiones, pero mi infancia permanecerá imborrable. No tenía el pase anual del Parque de Atracciones, no tenía la habitación repleta de juguetes, en vacaciones íbamos al pueblo y sólo con suerte y en algún año bueno pisábamos la playa. Pero todo era normalmente mágico.

Cómo olvidar tus refranes para todo, que destilaban sabiduría por mucho que tú te consideraras una “ignorante sin estudios”. Aquellas broncas que me echabas porque hacía tan mal la cama que parecía que tenía ‘chepa’, o por parecer un ‘delincuente’ por dejarme crecer el pelo y la barba. Cuando mis amigos y yo nos pasábamos la tarde jugando al fútbol y a la lima en la embarrada calle hasta que asomabas la nariz por la ventana y, a grito pelado, me obligabas a subir en un minuto si quería comerme tu patentado bocadillo de salchichas, cebolla frita y ketchup. Mamá, ojalá yo sea la mitad de buen padre y buena persona de lo que tú lo has sido. Si existe el cielo, Dios te tendrá en buen cobijo. Y por el telescopio divino sonreirás mientras me como mis insípidos garbanzos. Echaré de menos tu cocido y sobre todo a ti. Siempre.

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. La Becaria dice:

    Madres eternas, que nunca deberían irse. Una oda y un aplauso al cocido y a esas miles de sonrisas, de abrazos pequeños trozos de ayer que hicieron de nosotros los adultos de hoy. Gracias por el homenaje a tu madre, que lo extiendo a todas las madres del mundo. Va por ellas, de aquí al cielo!

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    1. Madre no hay más que una y privilegiado es aquel que la conserva. No hay día en el cual no me levante pensando en ella… y no hay comida en la que no recuerde su cocido. Gracias por comentar.

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