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Cuando la Fiesta del Cine se acabó en Vallecas

Los pasados días 21, 22 y 23 de octubre se celebró en España con sobresaliente éxito la Fiesta del Cine, un evento organizado por el 90% de las salas existentes en el país con un reclamo comercial ajustado a estos tiempos de crisis: entradas a 2,90 euros. Más de un millón y medio de personas se beneficiaron de una iniciativa que significó un brutal incremento de la asistencia en relación al mismo periodo de la semana anterior: un 663%. Estas cifras han servido para reabrir el debate de si podría impulsarse este sector en declive con precios más bajos. Y a nivel local nos preguntamos ¿podría Vallecas recuperar alguno de los antiguos cines que daban esplendor a sus calles?.

En los tiempos dorados del cine nuestro barrio llegó a albergar más de 5.000 butacas a disposición de los vecinos. Llegaba el fin de semana y los alrededores de la Avenida de la Albufera se convertían en un hervidero de viandantes que no encontraban mejor ocupación que visionar algunos de los grandes clásicos del cine universal protegiéndose de las inclemencias meteorológicas y tomarse un chocolate con churros en alguno de los múltiples bares colindantes. Todas estas inolvidables salas, cada una con su personalidad, fueron desapareciendo paulatinamente hasta quedarse en la nada absoluta. Los grandes carteles copados por John Wayne, Gary Cooper, Marilyn Monroe y otras estrellas del celuloide, han dado paso a cadenas de supermercados, hostelería o gimnasios. En otros casos los edificios no han encontrado comprador y se mantienen en estado ruinoso desde hace décadas, toda una agónica metáfora paralela a la evolución del propio séptimo arte.

Hasta los más jóvenes del barrio han oído hablar del emblemático Cine París, a pesar de haber cerrado sus puertas hace 25 años. Sus casi 2.000 butacas fueron arrancadas para erigir un salón de bodas pero nos queda el consuelo de que todavía hoy al parque que le rodea y a esa zona del barrio de San Diego la conocemos por su nombre. Peor suerte corrió el otro ilustre cine de Vallecas, el Bristol, también cerrado en 1988 y que desde entonces permanece en pie a duras penas a la vera de la M-30 con unas letras de “C I N E” en lo más alto de la fachada cuyo tono dorado se ha apagado para certificar el fin de una época. Una empresa de juegos anunció que remodelaría el edificio para abrir un bingo, pero el proyecto se quedó en una pancarta que terminó esfumándose para dar paso a un uso temporal por parte de miembros del movimiento okupa.

Otros muchos cines convivían con éxito en el barrio. La mayoría siguiendo los parámetros de la época: salas muy grandes y proyectando películas en sesión continua. ¡Qué mejor forma para pasar la tarde que visionar dos filmes del tirón! El Río aún conserva parte de su patio de butacas y de su corazón cinematográfico, incluidas máquinas de proyección, en una suerte de museo no oficial. Durante un tiempo fue usado como local de ensayos por la Compañía de Teatro Clásico Nacional. Eran tiempos de éxito ante la dificultad para acceder a nuevas forma de ocio que nos han deparado las nuevas tecnologías. Los cines brotaban como las setas: el Jimeno, el San Diego, el Avenida, el Venecia, los Goya -que antes de su definitiva extinción probó suerte con el género X-. Pero llegó la crisis en el sector por el cambio en los hábitos sociales. En el año 2000 se cerró el último cine tradicional del barrio, el Excelsior, seguido en tan lamentable suerte por los multicines del centro comercial La Albufera y, ya en 2011, los Yelmo Cineplex de Madrid Sur.

Hoy en día si queremos disfrutar de una bonita velada de tarde en un cine debemos desplazarnos casi irremisiblemente al centro de Madrid o bien utilizar el transporte privado para irnos a las superficies comerciales de la periferia. Cerca del corazón de Vallecas debemos conformarnos con los Cinesa de Méndez Álvaro, que cuenta con un aparcamiento de pago muy limitado y que en caso de dejar el coche en la calle nos obliga a comprar un tique por ser zona de estacionamiento regulado. Más lejos aunque bien comunicados por Metro tenemos los multicines del centro comercial más grande la capital, La Gavia. Y podemos darnos por afortunados: Madrid ha perdido 470 cines en 40 años, sobreviviendo sólo 30 salas. La respuesta del mundo del cine ante este desastre no ha sido de autocrítica, sino de autodestrucción, manteniendo los precios a niveles estratosféricos en relación a la disponibilidad económica del españolito de a pie en estos turbulentos tiempos.

El precio de la entrada en España está por encima de la media europea en términos comparativos con los salarios. En Madrid sale más caro ir al cine que en París, Berlín, Bruselas, Viena, Dublín, Estocolmo, Lisboa, Oslo, Helsinki, Luxemburgo… o Nueva York. Por si esto fuera poco, el Gobierno del PP ha elevado el iva cultural del 8 al 21%. En Francia y Alemania se paga el 7%, en Portugal el 13%, en Holanda el 6%, Irlanda el 9%… o en Noruega un 0%. Y, paradojas de la vida, ver un partido de fútbol en España supone el pago de un iva reducido del 10%. Los casi 10 euros que cuesta una entrada media en los cines de España se reparte, descontando impuestos más el 2% que se lleva la SGAE, en un 50% para los exhibidores, un 30% para los productores y un 20% para los distribuidores.

Todos los actores del sector deberían tener en consideración los datos extraídos de la Fiesta del Cine con el fin de reconducir una situación crítica. Deben aprender a convivir con la modificación de nuestra cultura social: ahora tenemos Internet, videojuegos, televisión por cable, películas a precios bajos por cortesía de Amazon y la venta ambulante, mayor oferta de parques temáticos, más facilidades para desplazarnos fuera de Madrid y hacer excursiones… Teniendo en cuenta esto deben volver a captar la atención de los usuarios, bajando el precio, sí, pero con esto no basta. Debe incrementarse la calidad de unas películas que toca mínimos históricos a cada año que pasa. Si el sector modifica su política suicida, si las administraciones públicas bonifican las expresiones de la cultura y si los ciudadanos colaboramos pagando un precio justo en lugar del todo gratis de las descargas, tal vez en un futuro vuelvan los cines de barrio. Y Vallecas recupere su esplendor.

Artículo publicado en La Hoja de Vallecas

07/11/2013 at 17:21 1 comentario

La Fiesta del Cine, la supervivencia del cine

 La Fiesta del Cine con sus entradas a 2,90 euros ha sido todo un éxito. Durante tres días las interminables colas de antaño han vuelto en torno a las taquillas para taquicardia del exiguo personal que las atiende, las butacas de la primera fila que tenían telarañas han alojado por fin el trasero de algún ejemplar ciudadano, los cinéfilos han derramado alguna lagrimita de emoción con la esperanza de que el séptimo arte no siga languideciendo y los ingresos se han disparado en relación a los obtenidos en días similares, a pesar de los descuentos de hasta el 70% por billete. El “todos contentos” origina una pregunta tan lógica como recurrida: ¿Es el elevado precio de la entradas de cine el que ha espantado al personal?

 Los datos son demoledores: 141 salas cerradas en toda España en apenas 15 meses, un 12% de puestos de trabajo perdidos en el sector y una caída de ingresos del 42% en solo un año. La respuesta del mundo del cine ante este desastre no ha sido de autocrítica, sino de autodestrucción, manteniendo los precios a niveles estratosféricos en relación a la disponibilidad económica del españolito de a pie en estos turbulentos tiempos. Después profundizaré a este harakiri del sector, pero el vil dinero no nos puede hacer olvidar que en el hundimiento del cine intervienen otras variables también importasntes:

  •  La calidad media de las películas se ha desplomado en cuestión de una década. Antes podías ir todas las semanas al cine y ver un largo de altos quilates, mientras que en la actualidad para ir una vez al mes te puede costar un riñón encontrar un título sugerente. Remakes sin ideas, secuelas palomiteras e infinitas películas para el público infantil predominan en una cartelera marcada por la falta de ideas, la ausencia de ingenio y por la pérdida de directores y actores de gran carisma que no han encontrado reemplazo. Buena muestra de ello es que, incluso en casa, hayamos suplido el visionado de largometrajes por el de series. Son más cortas y tienen más categoría.
  • Ir al cine ha dejado de ser un acontecimiento social. El centro de Madrid estaba plagado de cines de enorme encanto y era impagable darte un paseo por la Gran Vía un domingo por la tarde, tomar el sol en la Plaza de España, merendar un chocolate con churros en San Ginés y ver una película en alguno de esos templos del séptimo arte. En 2013, la inmensa mayoría de esos cines han sido sustituidos por las clónicas tiendas de H&M o Mango, y en el mejor de los casos, por glamurosos teatros de musical-trampa para el turista. Ahora el mando lo ostentan los multicines alojados en los grandes centros comerciales del extrarradio con carteleras casi idénticas, repleta de dibujos para engatusar a familias con niños que entre las entradas, las palomitas y la compra del Carrefour se dejan medio sueldo.

  • El cine ha sido minimizado por la competencia. Había tiempos en los que ver la última película de Paul Newman y Robert Reford era prácticamente la única forma de disfrutar el tiempo de ocio, o, si acaso, ver al Atleti empatar en el Calderón. En pleno siglo XXI, en la era de Internet, tenemos a nuestra disposición miles de opciones: ver el fútbol en la tele por cable, jugar con la Wii con los colegas, tragarnos dos temporadas de Lost del tirón o llevarnos a nuestros sobrinos a un parque temático. O quedarnos toda la tarde revisando el Facebook porque, no lo olvidemos, somos cada vez menos sociales. E ir al cine ha sido tradicionalmente una actividad de grupo.

  • Las descargas de internet han ampliado las posibilidades de visionar cine y la respuesta del universo cinematográfico ha sido la nada absoluta. En vez de aprovechar las nuevas tecnologías para ofrecer a los clientes productos económicos, SGAE y acólitos se han empeñado en intentar poner puertas al campo con reglas como la Ley Sinde destinadas al fracaso. Tan necesario y lógico es que la cultura no puede ser totalmente gratis (detrás hay creadores que no viven del aire) como que tenga precios competitivos y esté al alcance de cualquiera.

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 Si unimos los factores antes enumerados al escandaloso precio de las entradas, podemos cuantificar con dos dígitos la pérdida de asistentes a los cines durante los últimos años hasta llegar a la hecatombe del pasado junio, cuando se pulverizó la peor recaudación de la historia en un 30%. Comparamos estos datos con los resultantes de la Fiesta del Cine a la que se sumó el 90% de los complejos de España: cerca de 850.000 espectadores en las jornadas de lunes y martes, llegando a ser un 900% más que el mismo día de la semana anterior con el precio habitual. Evidentemente este desbordamiento de la pasión no se mantendría en el caso de que se normalizara una tarifa asequible de forma permanente, porque desaparecerían los factores “novedad” y “protesta” que han movilizado en parte a los ciudadanos; pero a buen seguro favorecería un fuerte crecimiento de la cultura del cine al igual que el lowcost aéreo ha permitido a muchas personas con pocos recursos económicos conocer otros países. Teniendo en cuenta que:

  • El precio de la entrada en España está por encima de la media europea en términos comparativos con los salarios. En Madrid sale más caro ir al cine que en París, Berlín, Bruselas, Viena, Dublín, Estocolmo, Lisboa, Oslo, Helsinki, Luxemburgo… o Nueva York.

  • Por decisión del Gobierno del PP, el iva cultural se igualó con el tipo máximo: el 21%. En Francia y Alemania se paga el 7%, en Portugal el 13%, en Holanda el 6%, Irlanda el 9%… o en Noruega un 0%. Y, paradojas de la vida, ver un partido de fútbol en España supone el pago de un iva reducido del 10%.

 ¿Y quién se queda con los casi diez euros que cuesta ya una entrada en muchas salas de España? Pancho Casal lo resume perfectamente en su blog en una entrada que, aunque un poco antigua, tiene vigencia. Simplificando y dejando aparte el iva y el pertinente 2% que se lleva la SGAE, alrededor del 50% queda en manos de los propietarios de los cines, el 30% a disposición de los productores de la película y el otro 20% para los distribuidores. 

 ¿Hay salida para el mundo del cine? Por supuesto. Es necesario un nuevo modelo cimentado en la calidad de las películas en contraposición a las morrallas infumables que las grandes productoras obligan a proyectar a cambio de los derechos del Avatar de turno; un compromiso de los propietarios de los cines a moderar las tarifas paralelamente a la minimización de la distribución que tanto encarece los productos en todos los sectores de la economía; que el Estado entienda que la cultura es un pilar básico de la condición humana que no puede gravarse con un 21%; y, mirándonos al ombligo, que llegado el caso de que podamos ir barato al cine, lo hagamos y no nos conformemos con descargarnos las películas en casa.

23/10/2013 at 22:12 1 comentario


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